De como la gran ola, la horda de oro, paró el congreso fascista

ITALIA, JULIO DE 1960

De 1953 a 1958, se sucedieron una serie de huelgas que las centrales sindicales se salvaguardaron bien de coordinar y unificar. Después de 1958, la tensión social parecía que había disminuido, sin embargo, movimientos esporádicos, imprevistos y violentos, explotaban aquí y allá: los obreros del Norte, los mejor pagados, ocupaban en muchos casos las fábricas, mientras los campesinos del Sur se manifestaban, se enfrentaban con las fuerzas policiales, ocupaban los ayuntamientos y recibían a pedradas a los diputados que habían ido a calmarles.

Fue, por lo tanto, un período caracterizado por la ausencia de grandes movimientos sociales, pero en el que tuvieron lugar duras luchas locales, y fue en éstas en las que se insertaron los hechos de Génova.

El 25 de junio, estudiantes, empleados, jóvenes, organizaron un meeting de protesta contra la convocatoria del congreso fascista, fijado para el 2 de julio. La concentración tuvo lugar en una plaza, un sitio de encuentro y punto de referencia habitual de portuarios y marineros. Las sirenas de las patrullas alertaban a los portuarios y a los obreros de las fábricas vecinas para que acudieran armados con ganchos y barras de hierro y defendieran a los estudiantes. Fue el primer momento en el que se organizó, fuera de los partidos y de los sindicatos, una verdadera unidad entre obreros y estudiantes, con el fin de «hacer algo práctico, eficaz». En efecto, las organizaciones de izquierda, que dieron un carácter estrictamente legal a la campaña contra el congreso, se limitaron a retomar los eslóganes antifascistas y a votar mociones en las que pedían al gobierno que impidiera el desarrollo del congreso. Los miembros más jóvenes reconocieron enseguida las carencias de las organizaciones. El 26 de junio una delegación de jóvenes y dos pequeñas organizaciones de oposición se pusieron en contacto con algunos hombres alejados desde hacia años de la política activa, pero que durante la Resistencia habían tenido un papel importante y que en los años sucesivos se habían opuesto a la línea oficial de la izquierda. Además, los estudiantes se dirigieron a los obreros en primera persona, ignorando por completo la estructura sindical oficial.

El 28 de junio, en cualquier caso, los partidos de izquierda, que habían tenido todo el tiempo para consultarse, anunciaron una huelga en Génova y Savona para el 30 de junio. Mientras se preparaba la huelga, en Génova se concentraron 15.000 hombres de las fuerzas de orden público. Las organizaciones de izquierda realizaron un meeting en el que participaron 30.000 personas y en el que un diputado socialista se dejó llevar por el fervor del discurso y prometió abandonar su inmunidad parlamentaria y «bajar a la calle como todos». La izquierda oficial estaba decidida a hacer que el 30 de junio fuera un día tranquilo y sin provocaciones. Al mismo tiempo, se reunieron los «provocadores»: se trataba de grupos de estudiantes, de ex-partisanos, de comunistas disidentes, de anarcosindicalistas. El elemento que cohesionaba a este nuevo grupo no era el simple hecho de reunirse, sino el hecho de que estudiantes y trabajadores se hallaban envueltos en una acción conjunta.

La huelga general dio lugar a enfrentamientos extremadamente violentos entre fuerzas del orden público y manifestantes que atacaron con piedras, rodamientos, barras de hierro. Entre los manifestantes, los más decididos y violentos eran los jóvenes. Los dirigentes políticos y sindicales se esforzaron por mantener la calma. El presidente de la ANPI intervino personalmente para que se restableciera la calma. Los manifestantes se retiraron: todos lamentaban la falta de armas y reclamaban la intervención de los ex-partisanos. Al día siguiente (1º de julio), con los dirigentes desaparecidos y sin que estuviera prevista ninguna manifestación, la agitación reapareció de forma espontánea. Con el fin de bloquear el movimiento, la CGIL difundió un comunicado en el que anunciaba que existían negociaciones en curso y que el congreso estaba a punto de ser interrumpido, mientras el Consejo de la Resistencia amenazaba con no intervenir en apoyo de los nuevos detenidos.

El 30 de junio tuvo lugar en Turín una huelga solidaria. El servicio de orden de la CGIL bloqueó a algunos grupos de obreros y de estudiantes que querían atacar a las fuerzas policiales.

El 2 de julio, las autoridades hicieron un último intento para calmar la agitación a través de la intervención de la ANPI, pero los propios trabajadores estaban decididos a todo y amenazaron con puentear a sus propios dirigentes si los fascistas iniciaban su congreso y no se pasaba a la acción. Jóvenes de las ciudades vecinas y expartisanos armados llegaban de todas las regiones transgrediendo las disposiciones de la ANPI.

El gobierno terminó por desistir. No se dio autorización al congreso y los fascistas renunciaron a celebrarlo en otro lugar.

Con respecto de los hechos de Génova, los partidos de izquierda pensaron en recuperar el movimiento para usufructuarlo en el plano parlamentario. Organizaron manifestaciones en todas partes. Pero nuevamente el movimiento no se desarrolló como estaba previsto. El 6 de julio, en Roma, se enfrentaron durante varias horas manifestantes y policías. El 7 de julio, en Reggio Emilia, la policía disparó y mató a cinco obreros. Se decidió una nueva huelga, esta vez a nivel nacional.

En Sicilia, el primero de julio, un trabajador agrícola fue asesinado por la policía en el transcurso de una manifestación por el aumento salarial. El 9 de julio, en Palermo y Catania, la policía disparó nuevamente y mató a otros cuatro obreros.

La represión y sus excesos provocaron de inmediato reacciones opuestas que revelaron con claridad que los días del gobierno de

Tambroni estaban contados. La unión del centro y de la derecha neofascista que él mismo expresaba estaba condenada. La solución propuesta para la crisis consistió en la vuelta de Fanfani a la cabeza del gobierno y de Scelba, hombre de mano dura, al Ministerio del Interior. Así se satisfacía a la burguesía: Fanfani aplacaba a la izquierda, mientras Scelba garantizaba el orden público.

Las repercusiones de los días de junio-julio fueron muy profundas en el proletariado italiano. Cuando en Génova «hacer como en Tokyo» corría de boca en boca, convirtiéndose en una suerte de consigna, en Turín y en las otras ciudades italianas, los trabajadores decían: «Hay que hacer como en Génova» y los obreros agregaban «el fascismo es nuestro patrón». Sin embargo, en Génova y en otros lugares, los trabajadores y los jóvenes no se enfrentaron sólo a las fuerzas de represión, sino también a los dirigentes de izquierda que intentaban frenar su acción, al conferirle un carácter exclusivamente legal e inofensivo. Su reacción fue muy dura: en Génova volcaron un coche de la Cámara del Trabajo que invitaba a la calma; en Roma le rompieron la cabeza a un funcionario del PCI que proponía medidas que trataban de calmarlos. Los dirigentes de la izquierda fueron criticados por doquier, e incluso fueron silbados por su vacilación. Claro está que no se puede hablar de una ruptura tajante entre los trabajadores y sus direcciones burocráticas, pero un buen número de obreros, de jóvenes, de expartisanos, entendieron desde ese momento, que el problema no consistía sólo en saber si las direcciones de los partidos eran más o menos blandas, o más o menos duras, sino que su naturaleza era mucho más profunda.

Es necesario subrayarlo: en julio los obreros, los jóvenes, reclamaban formas de lucha que las organizaciones tradicionales no les podían ofrecer. A la cristalización de estas formas y a su extensión se opuso, sin embargo, la falta total de unión entre los grupos autónomos y los militantes revolucionarios que en distintas ciudades tomaron las iniciativas más eficaces. De todos modos, aunque hubieran existido, no habrían modificado el carácter, y consecuentemente tampoco la traza impresa en la conciencia de los protagonistas. Además, hay que subrayar un segundo aspecto también importante de las jornadas de julio: el comportamiento obrero demostró que el obrero no se integraba tampoco si en el enfrentamiento con el capital este último intenta una política de altos salarios y de «prosperidad». Las manifestaciones tuvieron como protagonistas a los obreros más «prósperos» y aparentemente mas «integrados» de Italia.

No obstante, la lección más importante concierne a la forma de actividad de los grupos revolucionarios. Se trataba de grupos «rígidamente» marxistas que hasta ese momento se habían limitado a hacer un trabajo de estudio. Su orientación exclusivamente teórica hacía que no pudieran incidir en las luchas. En las ciudades era bastante común la presencia de grupos de jóvenes que, en lugar de encerrarse en círculos restringidos y discutir de teoría, buscaban, por un lado, poner en común con los trabajadores la experiencia acumulada en estos últimos años —y esto tanto en los partidos como en los sindicatos, en la fábrica como en la vida cotidiana— y, por otro, intervenir eficazmente en las luchas. En la práctica, este trabajo exigía una estrecha cooperación entre obreros e intelectuales, y la redacción de documentos y de tesis que funcionaran a su vez como instrumentos aglutinadores de las luchas obreras y como medio para la comprensión de la experiencia.

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